El número de suicidios descendió en 2023 en España por primera vez desde 2018. Según datos del INE, 3.952 personas se quitaron la vida el año pasado, lo que significa un 6,5% menos que el año anterior. Entre los jóvenes se había registrado una subida en los últimos años (con unas cifras absolutas mucho más bajas), pero las cifras han descendido en 2023.
Así, se quitaron la vida 10 menores de entre 10 y 14 años y 63 adolescentes de entre 15 y 19 años, frente a 12 y 75, respectivamente, del año anterior. Pero el suicidio sigue siendo la primera causa de muerte absoluta entre los jóvenes. Con todo ello, el Ministerio de Sanidad ha anunciado la creación de un Observatorio de la Conducta Suicida. Y se va a centrar en los colectivos de riesgo, que son los jóvenes y también los ancianos.

Hablamos de todo ello con la doctora Ana Isabel Sanz, psiquiatra y psicoterapeta especializada en trastornos afectivos, ansiedad, infancia y adolescencia. Es directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias y del departamento de Psiquiatría del Centro de Rehabilitación Dionisia Plaza de Madrid. Sanz ha publicado este año el libro El malestar emocional infanto-juvenil tras la pandemia (ACCI).
Los adolescentes, ¿nunca estuvieron tan mal o nunca lo supimos como lo sabemos ahora?El malestar emocional en la adolescencia no es una novedad, aunque es cierto que la experiencia de la pandemia ha agravado sensiblemente la frecuencia y la gravedad de los síntomas de diversas alteraciones psíquicas, multiplicando el número de afectados hasta en dos o tres veces, dependiendo de las áreas y afecciones que consideremos.
Siendo eso un hecho indiscutible, no hay que olvidar que ya antes de la COVID-19 se percibían diversos problemas (ansiedad, depresiones, trastornos de la conducta alimentaria, intentos de suicidio…) en la población adolescente que no recibían la atención debida.
Pero, cuesta entenderlo, ¿verdad? Quiero decir, madres y padres tendemos a pensar que un adolescente tiene toda la energía y toda la vida por delante, que por definición debería estar “enamorado” de la vida…
La adolescencia como época de cambios, turbulencias, incertidumbres, descubrimientos… tiene facetas muy atrayentes y también elementos dolorosos, susceptibles de generar una notable confusión y malestar emocionales. Dependiendo de la forma en que se canalice la profunda transformación que implica esta etapa evolutiva, la persona alcanzará el equilibrio que le permita acceder a una madurez plena o podrá quedarse enzarzado en heridas diversas que comprometan la satisfacción con que pueda afrontar la entrada y el tránsito en la edad adulta. Una de las variables claves será el apoyo que pueda encontrar en personas significativas: amigos, parejas, familiares, docentes u otros mentores adultos.

Dice usted que como psiquiatra y psicoterapeuta la base de su trabajo es la escucha, incluso de los silencios. Y esa es la clave, cómo escucharlos. Porque un adolescente desconfía del adulto y de su mundo. Lo digo por la línea 024…Escuchar desde el respeto es un buen punto de inicio. Los adultos a veces tienden a responder demasiado rápido, a recurrir a fórmulas válidas de su perspectiva, a cerrar con ello el canal de la escucha antes de abrirlo del todo. Los adolescentes quizá están demasiado acostumbrados a escuchar «sermones» o lecciones y no buscan eso, aspiran a ser entendidos y no juzgados u orientados. Realmente buscan lo que cualquier otra persona. La auténtica escucha dirigida a entender en profundidad la vivencia del que habla exige tiempo, paciencia y neutralidad, ausencia de corsés previos.
Quizá el adolescente, más que desconfianza, tiene dificultad para empezar a poner palabras a lo que le bulle por dentro. A veces es necesario repreguntarle sobre lo que dice para asegurarse de que se comprende lo que está experimentando. Incluso puede ser necesario sugerir palabras que «traduzcan» lo que no nos queda claro. Tiempo y tanteos antes de sugerir supuestas soluciones o tópicos.
Quizá es en esa primera fase donde los adultos solemos atascarnos. Para desbloquear ese momento complicado puede ser útil recurrir a los referentes válidos para el adolescente, a su música, a sus intereses, a sus videojuegos, a los ‘influencers’ que le impresionan…

Redes sociales, móviles, pantallas… ensimismamiento. Parece que todo eso no ayuda mucho a la escucha.Todo ello forma parte de la cotidianidad de los adolescentes y tenemos que recurrir a ello para comprender su mundo y sus preocupaciones. Más que desautorizar lo que aprenden en esas fuentes, resulta útil ir a la búsqueda de los contenidos que encuentran en ellas y tratar de comprender su importancia antes de desvalorizarlas o ignorarlas.

¿Cuáles son las señales en el comportamiento de un adolescente que deberían preocuparnos como padres?
El aislamiento, la pérdida de interés por sus aficiones habituales, los cambios en los patrones alimentarios o de sueño, los cambios bruscos de peso, el descuido personal, la modificación significativa de los hábitos de conducta, los cambios incomprensibles en la indumentaria, la irritabilidad excesiva y las explosiones de ira frecuentes o desmedidas… todas son señales de que el menor está pasando por un momento complicado. Tener la rutina de hablar con él sobre su vida cotidiana es una práctica que permite indagar qué sucede. En caso de que ello no sea posible por falta de colaboración, el acceso a los amigos, los docentes u otros adultos próximos a la vida del adolescente puede aportarnos datos que nos ayuden a comprender qué sucede.
La dificultad en la comunicación y las resistencias que presente este a nuestros acercamientos no puede ser nunca una excusa para dejarlo solo. El aparente muro que eleva a su alrededor no ha de entenderse como una maniobra agresiva hacia los adultos, sino la muestra de una incapacidad para mostrar lo que le sucede. Cuando de una u otra manera abrimos un camino, solemos descubrir que realmente sí existe el deseo de comunicarse y de recibir un apoyo que sienta que es válido y no una “imposición” de los esquemas que les parecen válidos a los que consideran figuras de autoridad.
Y si las detectan, ¿qué deberían hacer?
Primero, interesarse directamente por cómo se encuentra el menor hablando con él o ella. Con tiempo, calma y sin actitud impositiva. Dejando abierta también la posibilidad de que esa conversación la mantenga con alguien a quien considere neutral o de confianza.
Paralelamente, los adultos deberían hablar con el círculo cercano al adolescente, preferiblemente informando a este o esta de que se va a tomar esa iniciativa y dándole la opción de que esté presente en tal conversación. Entre esos contactos, cabe la posibilidad de recurrir a especialistas en la salud emocional, no para diagnosticar o tratar nada en principio, sino para explorar lo que está sucediendo y determinar el grado de severidad de la situación.
Hablar, escuchar y no «dopar el sufrimiento», ¿verdad?
Por supuesto. Hablar es indagar, ahondar en las vivencias, no poner tiritas que acallen los indicios del malestar. El sufrimiento no es la raíz del problema, sino la señal que indica que algo no está funcionando como debería, justamente lo que nos guía en el proceso de comprensión, elaboración y sanación de las heridas emocionales. Lo que usted llama «dopar el sufrimiento» solo suele ser una medida «cosmética» que lo que revela es la falta de tiempo, paciencia, recursos… o sensibilidad para ir a lo que realmente es importante.
Un chaval que ha intentado suicidarse, ¿recaerá? ¿Lo volverá a hacer? ¿O de esta conducta «se sale»?
Un intento de suicidio constituye una conducta que no puede pasarse por alto en ningún caso como algo circunstancial o banal que es producto de un «mal momento» y ya está. Hace falta una evaluación serena, seria y un seguimiento continuado de las vivencias que subyacen tras una decisión tan drástica. En muchos casos, afortunadamente, con esas medidas se dará respuesta adecuada a la desesperanza que impulsó a la persona a intentar quitarse la vida y no volverá a necesitar recurrir a esa aparente solución definitiva al sufrimiento.
En otros casos, el riesgo de reincidencia existe por la naturaleza de la situación psíquica subyacente, que puede ser muy variada. Aunque la predicción del riesgo suicida no es una tarea exacta, sí que ha habido avances muy significativos en el conocimiento de esta realidad y el seguimiento experto adecuado ayudará a una prevención seria y eficaz.

Pero como en todo hace falta inversión y recursos para ayudar a quien pide ayuda. Sanidad anuncia un Observatorio de la Conducta Suicida. ¿Puede bastar? ¿O como contra las drogas o el sida, es necesario un plan nacional?Bienvenido sea el anuncio del Ministerio de Sanidad de esta iniciativa.
Lamentablemente las realidades no cambian solo con ruedas de prensa y declaraciones genéricas sobre ciertas propuestas… si estas no llegan a desarrollarse y concretarse. Existe ya un Observatorio del Suicidio a cargo de la Fundación Española para la Prevención del Suicidio, pero ni siquiera es fácil saber si los registros existentes sobre casos de intentos y suicidios consumados son veraces. Aún existen muchos suicidios encubiertos que no se registran como tales. Hay muchas consultas en diferentes niveles -sanitarios o no- sobre ideación autolítica que, desgraciadamente, se manejan con muy poca profesionalidad.
Creo que es necesario un planteamiento a nivel de Estado, con participación de diferentes estamentos sociales -profesionales y civiles- que aborde en profundidad la asistencia al amplio espectro de conductas vinculadas al suicidio. Ello podría entenderse como un Plan Nacional contra el Suicidio.
¿Y mientras tanto?Mientras un proyecto tan complejo y largo se diseña y se pone en práctica, tenemos que ser conscientes de la saturación de los recursos existentes y de las insuficientes respuestas que a veces dan estos a las personas que demandan ayuda en situaciones de riesgo. Debemos cuestionar el funcionamiento de las infraestructuras existentes y pedirles más implicación, mejor escucha, cambio de actitudes ante la verbalización de un deseo autolítico que haga que nunca se escuche como una manipulación o una llamada de atención.
Tenemos conocimiento para evaluar con seriedad el riesgo, apliquémoslo con coherencia, huyamos del tabú y registremos con exactitud lo que son actos suicidas consumados o no, no miremos para otro lado, no nos quedemos simplemente en verbalizar que el suicidio es un fenómeno multicausal y complejo… y actuemos en cada caso, dando respuestas creíbles y responsables a cada persona acechada por la mera ideación de que la vida no tiene sentido y que es mejor ponerle fin.





